Instantes después vi a
mi padre salir a través de las cortinas del circo, solo, acompañado únicamente
con una expresión de incertidumbre y desconcierto. Justo cuando se acercó a
nosotros tuve toda la intención de preguntarle qué había pasado, pero la
preocupación en su rostro era tal, que no me atreví hacer ni el más mínimo
gesto.
Salimos apresuradamente
de las escaleras rumbo a la calle. Mi padre, un hombre alto y muy espigado,
perdía su mirada sobre las muchedumbres de gentes que rodeaban las
caravanas del circo. Entre gritos,
bailes, danzas, empujones y saltos, desesperadamente se habría paso para
avanzar en la búsqueda infructuosa de nuestra madre. Nadie le daba razón de
ella y por lo que pude escucharle cuando le preguntaba a la gente, entendí que
mi madre, voluntaria en el acto mágico de la Transmigración, había salido
furtivamente por la parte de atrás del circo para que los espectadores no lo
notaran y así no hacer quedar mal el espectáculo central de magia en donde
"Merlín", el Mago más grande del mundo, hacía desaparecer, frente a
los ojos de todos, un voluntario del respetable público para convertirlo, al instante,
en un feroz tigre de vengala; y mi madre tenía que ser esa Voluntaria, por
supuesto.
Sin embargo la tarde
finalizaba y la noche se venía; mi padre tuvo la ocurrencia de ir hacia la casa
pues debió imaginar que con tanto alboroto de la gente, mi madre al no encontrarnos, se hubiera dirigido a casa para esperar
nuestra llegada. Al instante llegamos y no tardamos en percatar que ella no se
encontraba. Mi padre entro en calma, se sentó en su sillón de cuero, se puso
sus anteojos y tomó un libro viejo que se dispuso a leer mientras ella llegaba.
Para tranquilizarnos a
mí y a mis hermanos, mi padre argumentó que con lo fanática que era mi madre a
ese tipo de fiestas circenses, pero sobre todo a los actos de Magia, habría· de
seguro perdido su mirada y agotado su tiempo disfrutando de las ferias y
fiestas que nacen del circo.
La noche llego y con
ella la madrugada y la mañana del día siguiente y la tarde también sin tener
ninguna noticia del paradero de mi madre. El circo, esa misma noche, había
levantado carpa y esa tarde las últimas personas que salían en los camiones
llevando carga de anímales, sillas y demás, no daban ninguna razón de su
paradero. Para mi padre todo parecía muy extraño, pues nadie la había visto
salir del circo, ni en los desfiles, ni en los bailes, ni en los camiones ni
por ninguna parte, es como si se la
hubiera comido la tierra o, como oyó en
algún comentario irresponsable, se la hubiera comido el tigre; otros
menos trágicos pero igual de irresponsables comentaban que de verdad se había convertido
en tigre pero lo cierto del caso es que había desaparecido de la fas de la
tierra en un pueblo pequeño en donde no pasa nada sin que todos lo sepan ...
pero nadie sabía.
Debieron pasar varios
años de incertidumbre para saber, por boca de un forastero que llegó al pueblo,
que habían visto a mi madre, muy enamorada, en compañía de un famoso mago, al
que había conocido en una de sus tantas presentaciones al pueblo, que saltaba
de circo en circo ofreciendo un famoso
espectáculo llamado la transmigración.
Fue así cuando pudimos
entender porque aunque a todos en la casa nos fascinaba ese mundo, mi madre, en
particular, la que profesaba un culto secreto, casi fanático por todo lo que
pudiera suceder en los límites de un circo, como si se encontrara ahí un mundo
de una belleza y una fantasía
insuperable.
** la primera parte del cuento no es de mi autoria, la segunda parte si (como una transmigración), añadiendo no necesariamente un final feliz.
William Correa


