domingo, 4 de diciembre de 2016

LA TRANSMIGRACION






Instantes después vi a mi padre salir a través de las cortinas del circo, solo, acompañado únicamente con una expresión de incertidumbre y desconcierto. Justo cuando se acercó a nosotros tuve toda la intención de preguntarle qué había pasado, pero la preocupación en su rostro era tal, que no me atreví hacer ni el más mínimo gesto.

Salimos apresuradamente de las escaleras rumbo a la calle. Mi padre, un hombre alto y muy espigado, perdía su mirada sobre las muchedumbres de gentes que rodeaban las caravanas  del circo. Entre gritos, bailes, danzas, empujones y saltos, desesperadamente se habría paso para avanzar en la búsqueda infructuosa de nuestra madre. Nadie le daba razón de ella y por lo que pude escucharle cuando le preguntaba a la gente, entendí que mi madre, voluntaria en el acto mágico de la Transmigración, había salido furtivamente por la parte de atrás del circo para que los espectadores no lo notaran y así no hacer quedar mal el espectáculo central de magia en donde "Merlín", el Mago más grande del mundo, hacía desaparecer, frente a los ojos de todos, un voluntario del respetable público para convertirlo, al instante, en un feroz tigre de vengala; y mi madre tenía que ser esa Voluntaria, por supuesto.

Sin embargo la tarde finalizaba y la noche se venía; mi padre tuvo la ocurrencia de ir hacia la casa pues debió imaginar que con tanto alboroto de la gente, mi madre al no encontrarnos,  se hubiera dirigido a casa para esperar nuestra llegada. Al instante llegamos y no tardamos en percatar que ella no se encontraba. Mi padre entro en calma, se sentó en su sillón de cuero, se puso sus anteojos y tomó un libro viejo que se dispuso a leer mientras ella llegaba.

Para tranquilizarnos a mí y a mis hermanos, mi padre argumentó que con lo fanática que era mi madre a ese tipo de fiestas circenses, pero sobre todo a los actos de Magia, habría· de seguro perdido su mirada y agotado su tiempo disfrutando de las ferias y fiestas que nacen del circo.

La noche llego y con ella la madrugada y la mañana del día siguiente y la tarde también sin tener ninguna noticia del paradero de mi madre. El circo, esa misma noche, había levantado carpa y esa tarde las últimas personas que salían en los camiones llevando carga de anímales, sillas y demás, no daban ninguna razón de su paradero. Para mi padre todo parecía muy extraño, pues nadie la había visto salir del circo, ni en los desfiles, ni en los bailes, ni en los camiones ni por ninguna parte,  es como si se la hubiera comido la tierra o, como oyó en  algún comentario irresponsable, se la hubiera comido el tigre; otros menos trágicos pero igual de irresponsables comentaban que de verdad se había convertido en tigre pero lo cierto del caso es que había desaparecido de la fas de la tierra en un pueblo pequeño en donde no pasa nada sin que todos lo sepan ... pero nadie sabía.

Debieron pasar varios años de incertidumbre para saber, por boca de un forastero que llegó al pueblo, que habían visto a mi madre, muy enamorada, en compañía de un famoso mago, al que había conocido en una de sus tantas presentaciones al pueblo, que saltaba de circo en  circo ofreciendo un famoso espectáculo llamado la transmigración.

Fue así cuando pudimos entender porque aunque a todos en la casa nos fascinaba ese mundo, mi madre, en particular, la que profesaba un culto secreto, casi fanático por todo lo que pudiera suceder en los límites de un circo, como si se encontrara ahí un mundo de una  belleza y una fantasía insuperable.

** la primera parte del cuento no es de mi autoria, la segunda parte si (como una transmigración), añadiendo no necesariamente un final feliz.

William Correa

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