Era ya la segunda vez
que lo veía, y solo el verlo pasar producía en mi tal sensación que no podía
ser descrita por el más experto de los Poetas.
Él, un hombre hermoso,
perfecto, no podría haber alguno otro mejor sobre la tierra. Mis amigas también
enloquecían por él y temía que fuera alguna de ellas y no yo quien pudiera
tenerlo algún día en sus brazos.
Pero yo sabía que era
algo imposible, que jamás se fijaría en mí, pues solo se le veía con las mujeres
más lindas y esculturales del lugar.
Decidí entonces
disfrutar ese pequeño instante, verlo pasar y suspirar; él pasó junto a mi mesa, sin notar mi presencia y el destino
quiso sentarlo en la mesa de al lado, para regalarme, así, unos instantes más
de fantasía, de ilusión.
Instantes después,
Tatiana una de las chicas con la que estudié en el colegio y además mi buena
amiga, entró, me saludó y fue y se sentó junto a ese sueño hecho hombre. Ella
lo besó, le dijo algo en el oído, se tomaron de la mano y se pararon de la mesa
dirigiéndose hacia mí; sentí un corrientazo en mi cuerpo, el pánico invadió mis
sentidos, mi corazón se sentía estallar y no lo podía creer, pero tenía que
controlarme para no poner en evidencia mis sentimientos. Tomé aire
profundamente, traté de relajar mi cuerpo y esperé a que llegaran a mi mesa.
Yo ya sabía en ese
instante que él era su novio y que Taty, debido a la amistad que nos unía,
quería presentármelo pero eso a mí no me importaba pues iba a tocar su mano,
iba a conocerlo.
Llegaron a la mesa y
ella efectivamente me lo presentó como su novio, el estiró la mano y yo se la
estreche con fuerza para sentirlo por solo ese instante; y me dijo · “Mucho gusto mi nombre es MARIO, ¡tú cómo te
llamas?”; yo traté de poner firme mi voz, que en ese momento era presa de
los nervios y sin flaquear le respondió “Mi
nombre es CARLOS, y el gusto es mío.”
Willian Correa/97

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